domingo 1 de noviembre de 2009

Olor a yerba seca, de Alejandro Llano

Los libros de memorias suelen ser tediosos e impúdicamente auto-elogiosos. Por fortuna, Olor a yerba seca no es ni lo uno, ni lo otro. De hecho se trata de un libro ameno, escrito por alguien que relata sus experiencias con modestia y simpleza –cosa por lo demás inusual en los académicos con prestigio–. Al fin y al cabo se trata de la vida de un filósofo cuyo espíritu socrático se pone en evidencia en las páginas de este texto, donde se relata su búsqueda incesante de la verdad así como su disposición a dialogar con quienes no comparten sus posturas.
Alejandro Llano es sin duda uno de los filósofos españoles contemporáneos más importantes en Hispanoamérica. Sus memorias constituyen una obra de sumo interés, pues su vida ha transcurrido en agitados momentos de la vida española: los convulsos años sesenta, el auge y el ocaso de la dictadura franquista, el revuelo social y político del terrorismo de ETA, la transición de España a la democracia, las intríngulis del ámbito universitario en aquél país, sus experiencias como miembro de la prelatura del Opus Dei, pero sobre todo, las diversas facetas de quien ha vivido con fruición la vida universitaria: como estudiante, como doctorando, como académico, como profesor, como Decano, y como Rector. De todas ellas, me interesa destacar su papel como filósofo en dos facetas: como estudiante, y como profesor.

En un entorno de tanta apatía intelectual, y específicamente filosófica como el actual, causa una verdadera satisfacción el relato de un estudiante universitario apasionado por el saber. Su carrera universitaria, elegida a costa del disgusto familiar, y adelantada en una primera etapa en la Universidad de Madrid, y luego en la Universidad de Valencia, se caracteriza por el estudio amplio de miras de las cuestiones filosóficas más relevantes. Pero además, por el empeño en cultivar una formación que cada día está más en vías de extinción, esto es, aquella que conjuga un sólido conocimiento del pensamiento clásico con el dominio de las corrientes contemporáneas más influyentes. En este sentido, al conocimiento de Aristóteles, Platón y Santo Tomás, Llano ha incorporado el estudio juicioso de Kant, Hegel, Wittgenstein, y el trato personal con algunos de los autores del siglo XX más importantes, como McIntyre, Spaemann, Anscombe, así como sus maestros y colegas Millán-Puelles e Inciarte. Da gusto leer las memorias de quien como alumno no desaprovechaba ocasión para estudiar a fondo sus cursos, que tenía una actitud proactiva en clase, que discutía con los profesores controvirtiendo sus posturas, haciendo gala con ello de una verdadera vocación universitaria. Ello es más elocuente si se tiene en cuenta que buena parte de este espíritu intelectual transcurre bajo los efectos de mayo del 68, cuando buena parte de la vida académica europea fue colonizada por el escepticismo epistemológico, las ideologías políticas y las corrientes posmodernas.

Como profesor, Alejandro Llano ha vivido varias facetas muy sugerentes del mundo académico. Con unas estancias doctorales en Alemania, con ocasión de las cuales escribe: “no le deseo a mi peor enemigo doce horas seguidas de trabajo sobre Kant, en alemán y con mucha hambre” (p. 315), su disputada incursión en la universidad pública española, donde obtuvo la Cátedra de Metafísica en la Universidad Autónoma de Madrid, está llena de anécdotas que parecen un retrato de la politización de la universidad pública actual, sin excluir, por supuesto a las latinoamericanas. Del mismo modo, enfrentarse con la apatía de los estudiantes, las presiones políticas, y los sectarismos profesorales hacen de estos pasajes un relato muy sugerente por su vigencia. Pero además, la vida profesoral de Llano grafica la de tantos académicos con una honda vocación investigativa que, con la esperanza de encontrar un prolongado sosiego que les permita introducirse en los proyectos académicos pendientes, viven sorteando urgencias, encargos y actividades que, a la hora de la verdad, complementan la vida intelectual y hacen posible poner los pies en la tierra. En ese contexto nada utópico se hace más valioso el tiempo que puede dedicarse a la investigación, y las publicaciones que de allí emergen son apreciadas con mayor profundidad. Con tantas ocupaciones y cargos no vinculados directamente con la investigación, este profesor de la Universidad de Navarra ha logrado publicar 14 libros, muestra de lo que puede hacer la disciplina, pero sobre todo, de que las pasiones intelectuales pueden sobreponerse a las urgencias y los deberes inmediatos.

Finalmente, no puedo dejar de comentar la cuestión política en Alejandro Llano, planteada en varios pasajes del libro, la cual me ha sorprendido gratamente. Antes de leer el libro, confieso que tenía la idea –quizás ingenua, me dirán algunos españoles–, que entre 1939 y 1975, ser católico en España equivalía a ser franquista. En efecto, por cuenta del diseño estatal asumido por la Madre Patria en tal período, y que se ha denominado nacionalcatolicismo, se dio esta simbiosis en muchos ciudadanos, la misma de la que se valen los progresistas para descalificar el discurso público de los católicos, caricaturizando su postura (que tengo la impresión que hoy es minoritaria) como una nostalgia de la confesionalidad estatal. No obstante, leyendo Olor a yerba seca me he dado cuenta que, históricamente, Iglesia Católica y Franco no constituye una asociación necesaria. Aunque Llano no entra a hacer una radiografía de la Guerra Civil, y en este sentido no hay un diagnóstico acerca de lo ocurrido allí como una explicación histórica de los años de la posguerra y el profundo efecto que tal acontecimiento tuvo en las dos Españas, sus memorias ponen en evidencia que la vivencia coherente de la fe cristiana no está ligada necesariamente a la aprobación de una determinada forma política. Llano se precia de ser un socialdemócrata, y me consta que lo es por la lectura que hice hace unos años de su libro La nueva sensibilidad. Pero no es franquista, de hecho, el libro detalla su constante y consecuente crítica del régimen de Franco, al cual no duda en catalogar como dictatorial.
Ello me permite concluir dos aspectos que quizás, hoy en día muchos católicos pasan por alto. Primero, que la política contiene muchos aspectos opinables y debatibles, y por lo tanto es erróneo asumir que el cristianismo avala una determinada forma de gobierno o la resolución de algunas cuestiones políticas coyunturales, que son del resorte de quienes deben decidirlas y asumir las consecuencias de ello, y no constituyen apéndices de la Revelación. Lo segundo, que es erróneo pensar que la única forma en que el cristianismo puede tener vitalidad en la cultura y en la vida humana es mediante la adopción oficial y coactiva por parte del poder político de algunos de sus principios. O, que el Estado debe asumir cierto favoritismo hacia la Iglesia Católica que, las más de las veces, termina con la manipulación de sus jerarcas y de su misión espiritual a modo de legitimación, pero sobretodo, que rompe con el dualismo entre la política y la religión que es inherente a la doctrina social cristiana, y que el mismo Jesús recordó a sus discípulos cuando le preguntaron por el tributo al César.

Alejandro Llano es uno de tantos españoles que se cuestionó la conveniencia de la unión entre el Trono y el Altar, me parece que sobre todo porque en nombre de loables ideales seguramente, ese Trono coartaba la libertad. Pero sin ella es imposible entre otras cosas, filosofar. Si no, que lo diga Sócrates.

Bogotá, 25 de octubre de 2009.

miércoles 28 de octubre de 2009

La Conciencia sin derechos

Aunque la Constitución es clara en garantizar la libertad de conciencia, y especificar que nadie debe ser molestado en razón de sus convicciones o creencias, ni compelido a revelarlas, ni obligado a actuar contra su conciencia; algunas sentencias de la Corte Constitucional y el decreto 4444 del Ministerio de Protección Social –en buena hora suspendido– están derogando este derecho fundamental, y con ello, dejando a la conciencia sin derechos.

En la sentencia C-355 de 2006 del aborto se hizo un desarrollo arbitrario de la objeción de conciencia. Allí se señaló una obligación inadmisible para el médico objetor: designar a un galeno que sí le practicase el aborto a la mujer que estuviera en los supuestos de despenalización. Es como si la objeción a prestar servicio militar –que la Corte ha reconocido– sólo fuese válida ¡si el objetor llevara al día siguiente a un compañero que sí quisiera enrolarse! Para justificarlo, la Corte asume el sofisma de que sólo el médico objetor puede garantizar el “derecho” a abortar. Aunque en nuestra legislación el aborto no está reconocido como derecho –sólo fue despenalizado en algunos casos y bajo ciertos supuestos, curiosamente ninguno de los cuales coincide con el que se estudió en la sentencia de la “cátedra del aborto”–, en “el siglo de los jueces” la Corte viene dándole ese alcance, a costa de los derechos de quienes válidamente cuestionan la generalización de dicha práctica. Unos supuestos despenalizados no generan el derecho a abortar. En cuanto el aborto sigue siendo delito es legítimo oponerse a él, y quienes lo hacen no pueden ser considerados delincuentes. El mundo al revés.

El reciente fallo T-388, conocido mediáticamente por la “cátedra del aborto”, aclara que la objeción de conciencia no debe interferir con derechos de terceros. ¿Si el derecho regula prácticas sociales, cómo podría ser jurídica una obligación que no se relacione con los demás? Más arbitraria parece la consideración de que las autoridades judiciales no pueden “escudarse” (denominación que evidencia el desdén de la Corte por la objeción) en ella, es decir, que los jueces no pueden alegar la objeción de conciencia cuando estudian un caso de aborto. Preocupante además que los amenace con incurrir en el delito del prevaricato por acción si la invocan. ¿Puede la Corte excluir a unos ciudadanos de un derecho constitucional en razón de su profesión, convirtiéndolos así en ciudadanos de segunda categoría? “Quien voluntariamente resuelve convertirse en miembro de la rama judicial debe dejar de la lado sus consideraciones de conciencia cuando se encuentre en ejercicio de sus funciones y ha de aplicar la normatividad vigente”, se lee en la sentencia. Pero ¡precisamente la libertad de conciencia hace parte del ordenamiento jurídico! ¿O estará propugnando la Corte por unos jueces autómatas, que sin criterio prudencial fallen los casos sometidos a su consideración?

Vicente Prieto aduce que la objeción de conciencia supone la negativa por parte de la persona a cumplir una determinada obligación (legal o contractual), porque considera que se opone a sus convicciones de conciencia. Estas pueden apoyarse en creencias religiosas, éticas o filosóficas, todas ellas situadas en la intimidad de la persona. Al igual que la desobediencia civil (que tiene un carácter político y general), se trata de una garantía individual ante la posible arbitrariedad del poder público, que tiene arraigo histórico y filosófico tanto en el derecho natural como en la doctrina liberal. Así lo ha mostrado otro especialista, Jorge Portela. Sólo un poder con pretensiones totalitarias desconoce la posibilidad de que la persona invoque legítimas razones para desconocer una obligación jurídica.

“Libertad sin derecho a la objeción es como un derecho fundamental sin amparo”, escribe Estrada Vélez. Para que la libertad de conciencia no siga siendo derogada de facto por alguna sala de la Corte o algún Ministerio, es imperativo en el país reglamentar la objeción de conciencia mediante ley estatutaria. El Congreso debe pensar más en la eficacia de los derechos fundamentales de todos los ciudadanos, más que en el monto de la reposición de sus votos.

Apostilla: Algunas entrevistas de La W parecen una indagatoria de la fiscalía. Y otras un publirreportaje.

Publicado en El Mundo, Medellín, 29 de octubre de 2009.

Bogotá, 27 de octubre de 2009.

miércoles 14 de octubre de 2009

Medios y columnistas sesgados

El despido de Claudia López como columnista de El Tiempo, a raíz de su artículo “Reflexiones sobre un escándalo” (13/10/2009), amerita un amplio debate público. Su crítica al tratamiento que el periódico capitalino le dio a los efectos políticos de los cuestionamientos a Agro Ingreso Seguro como algo que perjudica a Andrés F. Arias y favorece a Juan Manuel Santos confirma las sospechas de quienes dudan de la imparcialidad del diario en una contienda electoral en la que interviene uno de la casa, y cuando está en juego la asignación del tercer canal de televisión que sus dueños desean. El análisis de López sobre el asunto es impecable, y a diferencia del tono que suele utilizar en sus columnas y en Hora 20, paradójicamente el de esta pieza había sido moderado. No obstante, la columnista termina siendo víctima de su propio invento, pues el tono grandilocuente e indignado que suele utilizar para referirse a quienes son objeto de sus críticas fue el mismo con el que le respondió el director del periódico, calificando como “falsas, malintencionadas y calumniosas” sus afirmaciones. Quizás también sufrió las consecuencias de su tendencia a generalizar: juzgó el cubrimiento informativo de un periódico a partir de tres noticias solamente.

En Estados Unidos hubo un debate hace unos años acerca de la supuesta neutralidad de los medios de comunicación. CNN defendía éste que, para muchos, ha sido una suerte de axioma de la labor periodística. FOX, por el contrario, declaraba abiertamente su tendencia política de derecha para poner sobre aviso a sus televidentes acerca de la orientación que tenía la información que recibían. En Colombia hace falta un debate semejante. El sesgo político e ideológico de nuestros medios de comunicación es evidente, sin embargo es un tema tabú, un asunto del que no se habla públicamente, una realidad cuyo desvelamiento pareciera requerir grandes elucubraciones y datos confidenciales. Pero salta a la vista. O nuestros medios siguen apegados al principio de la imparcialidad o neutralidad informativa, o consideran que la gente es ingenua, y hasta tonta pues no diferencia líneas informativas.

En cualquiera de los dos casos están equivocados. Primero porque hoy es muy difícil seguir sosteniendo que las posiciones oficiales sólo se fijan en los editoriales. Los titulares, el espacio, la oportunidad, los temas mismos que son objeto de información obedecen a un propósito determinado, que es legítimo y necesario en un medio informativo, pero que, a semejanza de lo que hizo FOX, debería ser explicitado y confesado sin pudor. Es una cuestión de honestidad y respeto por el destinatario. Más aún, en una sociedad en la que está al alcance tanta y tan variada información, los medios no pueden seguir teniendo la ilusión de que la gente no contrasta sus noticias. Para estar bien informado hoy en día hace falta, al menos, hojear tres o cuatro periódicos, escuchar dos o tres programas de radio, hojear las revistas de opinión, consultar algunos blogs y portales de Internet, ver un noticiero de televisión, y si se puede, estar leyendo un libro de actualidad.

El incidente me parece apropiado para llamar la atención acerca de ciertos defectos comunes en algunos de los columnistas más leídos del país, y que, –valga la aclaración– se ven tanto en críticos como en defensores del Gobierno: la ligereza argumentativa, la grandilocuencia, la generalización, la descalificación de los contradictores, la criminalización del discurso opuesto, el compromiso incuestionable con una tendencia política, pero sobretodo, la falta de matices, la ausencia de autocrítica y de moderación en el tono. En una democracia la formación de la opinión pública es un proceso muy importante que supone enorme responsabilidad. Ésta no sólo debería ser exigida excepcionalmente en los estrados judiciales, sino principalmente en la propia conciencia del autor.

La verdad, ni más ni menos, es lo que se nos está extraviando en esta polarización tan fatigante. Ojalá los medios y algunos columnistas fueran más amigos de ella que de Platón, o del poderoso que mueve su pluma.

Apostilla: ¿Alguien todavía duda que la selección necesita un técnico extranjero? La receta le funcionó, y de qué forma, a Chile.

Publicado en El Mundo, Medellín, 15 de octubre de 2009.

Bogotá, 13 de octubre de 2009.

jueves 8 de octubre de 2009

La hija del sepulturero, de Joyce Carol Oates

Esta novela de Joyce Carol Oates es un bello texto acerca de la posibilidad de ser feliz, un conmovedor drama acerca del intento de una mujer por huir de un doloroso pasado que la atormenta, una oda a la vivencia de la libertad a pesar de las circunstancias adversas, en suma, un canto a la posibilidad de encontrar sentido a pesar de haberse topado frente a frente con la miseria humana.
La hija del sepulturero cuenta la historia de Rebecca Schwart, hija menor de una familia de inmigrantes que en la década de 1930 escapa de la Alemania nazi y se instalan en Chautauqua Falls, un pequeño pueblo del estado de Nueva York. Aunque su padre era profesor de matemáticas en la nación europea, allí sólo consigue ganarse la vida como sepulturero y vigilante del cementerio, ocupación que lo sumirá en un paulatino proceso de amargura, resentimiento y vulgaridad, de la cual su propia familia es víctima indefensa. En este sufrido hogar, en el que la madre avanza lentamente hacia la locura, el padre sólo tiene tiempo para su trabajo y para rumiar el rencor que le produce su precaria situación, y los hermanos sólo esperan el momento de liberarse del yugo paterno, la niñez de Rebecca transcurre en medio de un clima de desconfianza en los demás, pero principalmente, en sí misma. Sobrelleva una infancia en la que no se siente querida, ni siquiera por sus padres.

Un día, un hecho trágico y bizarro la aleja definitivamente de su familia, y allí comienza un proceso de búsqueda de sí misma. Sobre todo, emprende un camino de huida de su penoso pasado que la lleve quizás, a alcanzar algún día la felicidad. Así, el devenir de Rebecca será jalonado por su actitud persistente por encontrarle un sentido a su vida mientras al mismo tiempo intenta dejar atrás los fantasmas del recuerdo, que, por si fuera poco, siempre la perseguirán. Lo que encuentra fuera de su hogar, y marcará decididamente su juventud no es muy halagador: una pobre educación, una religiosidad fingida, y la caridad de una mujer cuya generosidad Rebecca está incapacitada para comprender y agradecer.

El drama, y al mismo tiempo, el mayor anhelo de la hija del sepulturero es ser querida y valorada como mujer. En su comprensión de la vida, eso lo traduce en la búsqueda de una figura masculina que reemplace el enorme vacío que dejó su padre. En este contexto ocurre el punto de inflexión de su vida, que será conocer a Niles Tignor, un donjuán que, aprovechándose de su inocencia, la conquista y la somete sentimentalmente. Al cabo de unos años del espejismo con Tignor, éste le deja una triste herencia: humillación, soledad y más dolor. Pero al mismo tiempo le deja quizás su mayor esperanza: un hijo, Niley, quien más adelante se llamará Zacharias, quien no sólo será el sostén emocional de su madre, sino su compañero en el azaroso camino de huir de la desgracia y así no ser víctima nuevamente de la miseria de los demás, y quizás, de la suya propia.

El libro de Oates tiene una cuidada y fina narrativa. La extensa novela va desenvolviendo una trama que si bien por pasajes aparece lenta, tiene como gran mérito señalar atisbos del alma de Rebecca Schwart, cuya vida es descrita desde su más tierna infancia hasta su adultez, es decir, hacia la década del setenta y en diversos lugares del territorio de la unión norteamericana. Al fin y al cabo, la vida de la protagonista de La hija del sepulturero es una suerte de búsqueda, pero, al mismo de ocultamiento de su verdadera identidad. Los flashbacks ponen de presente la vivencia sicológica de la protagonista, esto es, un pesado drama que es sobrellevado con estoicismo. Al mismo tiempo, la narrativa de la autora pone de presente su honda sensibilidad por la difícil situación de una mujer de carne y hueso, en la cual parece sugerirse la parábola de tantas mujeres que, víctimas de la violencia intrafamiliar, de una educación muy elemental, pero sobre todo, de un machismo cultural que las reduce al papel de compañeras pasivas y progenitoras sumisas. Obviamente, es el retrato de una época, y en este sentido, muy aleccionadora de sus carencias antropológicas, jurídicas y sociales.

En ese marco, el libro de Joyce Carol Oates parece contener un clamor femenino por la igualdad, la justicia, y la valoración de su papel en la familia. Pero el clamor de La hija del sepulturero no es hecho desde el envalentonamiento de un feminismo que cosifica la mujer al hacerla objeto de una reivindicación ideológica sesgada y que desconoce su rol materno insustituible, sino, por el contrario, un llamado de atención a la sociedad, por el sufrimiento de tantas mujeres que sobrellevan silenciosamente la tragedia de ser maltratadas, ninguneadas y subordinadas.

La sensibilidad de Oates pone en Rebecca Schwart (o más adelante Hazel Jones), la fuerza femenina que, en medio de las adversidades, es capaz de sobrellevar el sufrimiento descubriendo día a día una razón para sobrevivir con dignidad. Por ello, quizás no esté demás aseverar que la lectura de esta conmovedora obra es imprescindible. Sobre todo para los hombres. Paradójicamente.

Bogotá, 28 de septiembre de 2009.

lunes 5 de octubre de 2009

Foro: ¿Ejecutivo legislador o Congreso fuerte? Pesos y contrapesos en el presidencialismo latinoamericano

Bogotá, 5 de octubre de 2009.

miércoles 30 de septiembre de 2009

La Corte envalentonada

Tenía el propósito de escribir esta columna acerca del debate que se viene dando en Medellín en torno a la Clínica abortiva de la Mujer, la importante movilización ciudadana que ha generado, la prudente reculada del Alcalde, y la feroz oposición de los defensores de la iniciativa que hacen pensar que, si se tomara como referencia a algunos periodistas y columnistas, Colombia sería un Estado confesionalmente laicista. Sin embargo, recientes decisiones y declaraciones de la Corte Suprema de Justicia hacen temer que institucionalmente estamos arribando a un atolladero. Así que, con el perdón de los lectores, me ocuparé de este último asunto, pues en la Corte vienen sucediendo cosas que causan enorme preocupación, y ante las cuales, como ciudadano, sólo cabe exigir sindéresis. Aludiré a tres de ellas.

Primera: la elección del Fiscal General. No he tenido problema en cuestionar al Gobierno en aquello que se ha equivocado. La búsqueda de un tercer período del Presidente es la más preponderante. Eso me hace ajeno a cualquier sospecha de “furibismo” o de concederle la razón en todos los debates. Pero en este caso me parece evidente que la Corte está contrariando la Constitución, pues los artículos 232 y 249 no le confieren discrecionalidad en la elección del Fiscal. Es un procedimiento reglado. Sin embargo, están basando su postura en una supuesta discrecionalidad –justificada como responsabilidad– que no es expresa, y por lo tanto, es sospechosa. Tiene tinte político, incluso revanchista. Que la Corte está sustentando la inviabilidad de la terna en un requisito constitucional inexistente lo dejó claro el domingo pasado su presidente en la entrevista de El Tiempo. Allí el magistrado Ibáñez señala que los candidatos deben tener consideraciones en la política criminal. ¡Por supuesto! Es lo ideal. Pero la Constitución no lo dice, y por ello, el requisito es antojadizo y arbitrario.

Segunda: la decisión de los parapolíticos. Se ha conocido que la Corte habría variado su jurisprudencia para considerar que los congresistas con nexos con los paramilitares no sólo son responsables de concierto para delinquir, sino que además serían considerados integrantes de las estructuras paramilitares, y por lo tanto, serían juzgados por crímenes de lesa humanidad, parece un exabrupto jurídico. Hay antecedentes históricos, pero de contextos muy diferentes al nuestro. Salvo que dicha vinculación se pruebe jurídicamente en cada caso, tal tesis implicaría desconocer la distinción entre el autor, el coautor, el determinador, y el cómplice. Como la responsabilidad penal es personal, no parece jurídicamente válido considerar que todos los intervinientes en una empresa criminal tienen la misma culpabilidad. No actuaron del mismo modo. Y la justicia penal, cuyas conquistas garantistas y liberales sólo ponen en duda las posturas autoritarias, no puede aplicarse “con regadera”.

Tercera: el tono del presidente de la Corte. En la misma entrevista de El Tiempo, Yamid Amat le preguntó a Augusto Ibáñez por la solución para el impasse de la elección del Fiscal y éste respondió: “el diálogo y no hacer de esto una contienda”. Pero a renglón seguido dijo que es irreversible la postura de la Corte de considerar la terna no viable. ¿Se puede dialogar sin estar dispuesto a reconsiderar la propia posición? Pero además, preocupa la alusión que hizo el magistrado a una postura académica según la cual la Corte podría elegir un Fiscal en provisionalidad. Asimismo, la aseveración de que el siglo XXI es el siglo de los jueces y de las víctimas da un motivo más para pensar que la Corte está comprometida con enfoques políticos y cierto activismo. Como si fuera poco, las respuestas al Procurador han sido desatinadas, y una investigación disciplinaria contra él podría interpretarse como un intento de neutralizar sus cuestionamientos. Por ello, cada vez hay menos razones para poner en duda que la Corte está envalentonada y que toma decisiones con un sesgo político. Es muy peligroso lo que estamos viviendo: politización de la justicia y judicialización de la política. ¿Tendrá razón Alfredo Rangel con aquello de que la Corte es un partido de oposición? Me niego a creerlo.

Publicado en El Mundo, Medellín, 1 de octubre de 2009.

Bogotá, 29 de septiembre de 2009.

martes 29 de septiembre de 2009

Foro en La Sabana: ¿Estado Social de Derecho o Estado de Opinión?

Bogotá, 29 de septiembre de 2009.

sábado 26 de septiembre de 2009

Presentación del libro: Humanismo cívico. Una propuesta para repensar la democracia

Los invito a la presentación del libro Humanismo cívico. Una propuesta para repensar la democracia, de la Profesora Dra. Liliana Beatriz Irizar, editado por la Fundación Konrad Adenuer, la Corporación Pensamiento Siglo XXI, y la Universidad Sergio Arboleda. Allí intervendré como comentador del texto, por ello les puedo decir que se trata de un trabajo muy interesante.

Lugar: Auditorio 104 del Centro de Idiomas
Dirección: Carrera 13 No. 75-65, Universidad Sergio Arboleda.
Fecha: Martes 29 de Septiembre de 2009.
Hora: 6:00 de la tarde.

Bogotá, 26 de septiembre de 2009.

martes 22 de septiembre de 2009

Presentación Cátedra Acuerdo Generacional

Bogotá, 22 de septiembre de 2009.

lunes 21 de septiembre de 2009

Carta abierta a la revista Semana

Señor Director,

Lamento que en el artículo “De regreso al pasado”, Semana caricaturice un asunto de tanta trascendencia pública como el de la reacción ciudadana que surgió en Medellín ante la construcción de la Clínica abortiva de la Mujer. La Revista sería más honesta periodísticamente e incluso con su propia tendencia ideológica, si se tomara en serio esta discusión señalando que están enfrentadas dos concepciones de la salud pública y de los derechos humanos. Las dos respetables.
Ridiculizando la situación, informan mal, pero además, sugieren la falta de argumentos de su postura para criticar dicha reacción (o para defender el proyecto). Al menos deberían explicarle al lector por qué estar a favor del aborto y de la esterilización es progresista, y cuestionarlo es ser del pasado.
Más anacrónico me parece el prejuicio anti-religioso del artículo.

Cordialmente,

Iván Garzón Vallejo
Profesor de Derecho
Universidad de La Sabana

El artículo puede leerse en:
http://www.semana.com/noticias-nacion/regreso-pasado/128916.aspx

Publicado en Semana, edición 1430, 27 de septiembre-4 de octubre de 2009.

Bogotá, 21 de septiembre de 2009.

miércoles 16 de septiembre de 2009

Legitimidad en juego

Hasta ahora, se puede vaticinar que el Presidente Álvaro Uribe pasará a la historia principalmente por su exitosa política de seguridad democrática. Contundentes cifras, una convincente retórica, así como una constante y alta popularidad así lo comprueban. Un país atemorizado, una guerrilla envalentonada y un ejército a la defensiva, son algunos de los hechos que cada vez parecen más lejanos, y que caracterizaban a Colombia antes del año 2002. Sin embargo, las irregularidades y los abusos de un poder mayoritario ante la búsqueda de un tercer mandato del presidente podrían opacar dicha imagen, y paradójicamente, hacer que este Gobierno termine siendo recordado por maniobras desinstitucionalizadoras, corruptas e históricamente irresponsables. Todo, con tal de quedarse en el poder, se diría.

Por ello, independientemente de la suerte final del referendo reeleccionista, el uribismo debería aplicar el sabio adagio sobre la mujer del César: no sólo debe ser, sino parecer. Luego de que el referendo fuera aprobado en el Congreso con tantos cuestionamientos, los miembros de la coalición y del Gobierno deben tener en cuenta que, en el proceso para darle vía libre a que el pueblo decida en las urnas si quiere o no un tercer período presidencial, está en juego la legitimidad de la administración Uribe. Por consiguiente, no deberían recurrir a la manida sentencia maquiavélica de que el fin justifica los medios, menos aún de cara a un delicado proceso en el que se alteraría nuevamente el esquema de pesos y contrapesos de la Constitución del 91. Es indudable que el Gobierno sigue teniendo el poder. No debería perder la autoridad.

Por lo tanto, son absolutamente inconvenientes e infortunadas propuestas como un Tribunal Especial que juzgue a altos funcionarios del Estado (incluidos los congresistas); la modificación del censo electoral en un momento en que la propia continuidad del Gobierno se beneficiaría de dicha medida; la reducción del plazo para el estudio de la Corte Constitucional de esta reforma; no otorgar las suficientes garantías a la oposición en una eventual campaña en la que el presidente sea candidato de nuevo. Pero incluso, si la tesis del ex gobernador Aníbal Gaviria expuesta en El Tiempo (“Uribe no participará”, 12/9/2009), según la cual, de acuerdo con los plazos legales y usuales, el referendo sería votado recién en mayo, mes de la elección presidencial, se vislumbra un escenario de incertidumbre política por cuenta del fantasma de un tercer período de Álvaro Uribe. De ser ciertos los cálculos del precandidato, hay que temer razonablemente que la tesis del Estado de Opinión pretenda legitimar un cambio en el calendario electoral. Eso sería ilegítimo y arbitrario, pero además, podría traer consecuencias irreparables. Así las cosas, ojalá impere la sindéresis en los congresistas y miembros de la coalición para que no sigan tendiendo mantos de duda sobre una reforma trascendental para la democracia.

La legitimidad también está en juego para otros actores en este proceso. A la Corte Constitucional le corresponde demostrar independencia política y sólido criterio jurídico en su decisión. No tengo duda de que, en un país con un fuerte presidencialismo, acentuado por la primera reelección, el fallo sobre la posibilidad de una segunda reelección debe ser la inexequibilidad, como quiera que tal reforma rompería el equilibrio institucional de la Carta al fortalecer en forma preponderante al Ejecutivo. La alternancia es esencial a la democracia moderna. Finalmente, la oposición debe evitar contribuir a la polarización. Hacer propuestas constructivas, evitar el maniqueísmo bajo la versión uribistas-antiuribistas, darse la pela de derrotar el referendo en las urnas (y no invocando la abstención), pero sobre todo, evitar judicializar o criminalizar el debate político.

Temo que si los diferentes actores de esta coyuntura no salvaguardan ante todo la legitimidad de sus acciones, en cuestión de meses el país puede retroceder décadas.

Apostilla 1: La acertada decisión de la Corte Suprema de prohibirles a los congresistas renunciar al fuero no puede tener efectos retroactivos. Sonaría a cacería de brujas.

Apostilla 2: La inyección de US$30 millones a Colfuturo para créditos-beca de posgrado en el exterior constituye una apuesta en serio de los empresarios por el desarrollo del país. Ojalá se sigan multiplicando los fondos.

Publicado en El Mundo, Medellín, 17 de septiembre de 2009.

Bogotá, 15 de septiembe de 2009.

martes 8 de septiembre de 2009

Argumentos laicos para una revisión de la secularización. Una lectura desde los derechos humanos

A pesar de que las posturas acerca del papel público de la religión en las sociedades occidentales se polariza básicamente en el laicismo y la laicidad, desde hace unos años se vienen planteando una serie de argumentos que no parecerían encajar ni en una ni en otra posición. Estos sugieren una revisión del modelo secularizador que Occidente ha asumido como políticamente correcto para encuadrar las relaciones entre la política y la religión. Se trata de ideas sostenidas por intelectuales no católicos, incluso por algunos que no son creyentes. Arguyen dicha revisión de la secularización desde diferentes posturas científicas y epistemológicas: la historia, la filosofía, la sociología, la teoría política, la teología entre otras.
El propósito de este artículo es describirlas brevemente y plantear las consecuencias que dicha problemática acarrea para el problema de la fundamentación de los derechos humanos, ámbito de particular sensibilidad en lo que se refiere a la interacción entre la política y la religión en el contexto contemporáneo.

La versión completa puede leerse en Persona y Derecho, No. 60, enero-junio de 2009, Universidad de Navarra, pp. 63-90.

Bogotá, 8 de septiembre de 2009.